A medida que el tiempo se extiende más allá del momento que compartimos, mi memoria se desvanece y asoma lo vulnerable que son las conexiones humanas. La distancia entre tu existencia y el presente se alarga sin pausa. Mis recuerdos se diluyen, pero las emociones persisten, ancladas en lo más profundo, incapaces de borrarse por tu ausencia.
Naciste un 25 de septiembre que nunca fue tu cumpleaños; pero es cuando todo comenzó. No es el día en que te fuiste lo que resuena en mí, sino el día en que llegaste; es la fecha que marca tu existencia. Es el día en que empezó todo, el día en que debiste empezar a dar tus primeros pasos, pronunciado tus primeras palabras, y soltado tus primeras risas y llantos. Ese día es donde la vida te aguardaba, llena de posibilidades que ahora recreo en mi mente sin límites, donde el tiempo no importa y las barreras de lo real no existen. Así, sigues existiendo, siempre presente en todo lo que invento para ti: en cada sonrisa que nunca vi, en cada abrazo que nunca di, en cada mal sueño que no pude consolar o en cada lágrima que no pude secar.
Diecinueve años después, tu recuerdo sigue vivo porque sigo aquí. No creo en el más allá, y sé que no te volveré a ver, pero me aterra pensar que cuando ya no esté, tu recuerdo desaparezca conmigo. Por eso dejo estas palabras, para que alguien más te recuerde cuando ya no pueda hacerlo. Mientras viva, te mantendré conmigo; y cuando no, que estas palabras te guarden.


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