Guajara fue una época dorada. Nos creímos «Sultanes del swing», tanto que el mundo estaba a nuestros pies. Nuestro pequeño universo.
Aun así, en aquella hierba, mirábamos al futuro y planeábamos grandes conquistas, pero también temíamos grandes pérdidas. Sin embargo, y en nuestra soberbia, todo nos quedaba demasiado lejos; el tiempo aún no nos podía reclamar.
Pero el tiempo nos reclamó: nos recordó que somos efímeros. Y con el tiempo de la roca en erosión, nos puso en nuestro sitio. Ya no somos heraldos de la juventud, sino herederos de la longevidad.
Hemos dejado de soñar para convertirnos en el apoyo de los que, ya no en silencio, reclaman su momento.
El tiempo nos ha reclamado.


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