Hay días que, al mirar por mi pequeño prisma, no aparece el matiz de color que deseo.
Son refracciones que no armonizan, ángulos que lo enturbian todo; y, al final del día, no compensa el resultado.
Todo es opuesto al color que quiero proyectar.
Pero, a veces, la luz que atraviesa una copa de vino y prismas menos tensados, altera ese espectro, y permite que broten colores más amables.
Afortunado…


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