Verano del 73

El niño despertó al sentir la llamada. En silencio, abrió su saco de dormir y se incorporó. Durante un momento, se detuvo a observar a sus padres mientras dormían.

Después y sin hacer ruido, abrió la cremallera con ese leve zumbido característico, lo justo para salir sin tropezarse.

Fuera de la caseta de campaña sintió el aire gélido de la noche y vio cómo el vaho de su respiración formaba una neblina.

Se alejó de la zona de acampada y se adentró en la espesura del bosque. Caminó durante horas en la oscuridad siguiendo un rumbo fijo hasta llegar a un claro donde un enorme tronco caído servía como asiento improvisado.

Al entrar en el claro, divisó una figura sentada. Un silencio atronador se apoderó del lugar. Ni siquiera se oían los insectos nocturnos.

Allí estaba ella, de espaldas esperándole. La luna llena proyectaba una sombra muy alargada en dirección al niño.

Se acercó lentamente y al llegar a su altura, se sentó a su lado. Él apenas tenía 5 años y ella aparentaba tener 16.

Agotado y magullado por el trayecto, el niño preguntó:

—¿De dónde vienes?

Con una leve sonrisa, sostuvo la mirada hacia arriba.

—Ya lo sabes.

—De las estrellas —respondió el pequeño.

Elevó la mirada y quedó absorto por la inmensidad del firmamento.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó mientras bajaba la mirada y se frotaba los arañazos en sus pequeñas manos.

La niña dejó de mirar las estrellas y giró la cabeza hacia él, esbozando una amplia sonrisa.

—Ya lo sabes.

El niño guardó un momento de silencio y miró el camino de vuelta hacia el bosque.

Luego respondió:

—Vámonos.

Aquel verano desaparecieron cientos de niños en los estados de los alrededores.

Nunca se encontraron pistas que llevaran a una conclusión.

Simplemente desaparecieron.


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