No había adonde huir: la niebla espesa y el pestilente fango de la trinchera lo hacían imposible. El soldado quedó inmóvil por el pánico.
El estruendo de la artillería ahogaba los gritos de sus compañeros que morían despedazados.
Incapaz de sujetar su fusil, lo dejó rodar a sus pies.
No controlaba el temblor de sus manos y automáticamente buscó refugio dentro del bolsillo de su chaqueta.
Con gran torpeza extrajo la foto arrugada de su amada. El doblez sobre el papel había desdibujado su rostro y sus manos embarradas empeoraron el retrato. No pudo recordar la belleza de su esposa y aquello lo destruyó.
No la volvería a ver, no podría cumplir todas las promesas que le hizo cuando todo terminara. Tampoco conocería a su hijo nonato.
Rompió en llanto mientras el humo asfixiaba sus pulmones.
Una explosión más cercana lo hizo encogerse, apretando la cabeza para proteger los oídos. Luego oyó su lamento por encima de aquel infierno.
La artillería cesó.
Justo después, sintió el ardor del gas mostaza en la garganta y la piel.
Comenzó el asalto a la trinchera contra un enemigo que ya había sido vencido por el miedo.
De las sombras surgió una máscara fantasmal; luego, un rápido brillo espectral.
Una bayoneta en el pecho firmó su final.


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